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ESTO SÍ QUE ES UN CUENTO... ¿O NO?


¡Saludos, pequeños y grandes lectores! Hoy presentamos una traducción exclusiva de El Cleptómono, dirigida y coproducida por Willy Roe Ratas.

No es que nos paguen por publicitar a Roald Dahl, pero ya que nos han regalado 10 de sus libros originales, los hemos aprovechado para ocupar a los monos en mejorar sus conocimientos de inglés.

Por votación y/o al azar, hemos escogido entre todos esos libros el titulado George's Marvellous Medicine - La Maravillosa Medicina de George, del que presentamos la traducción original (si es que puede decirse así) del primer capítulo.

No es por animaros a la lectura, pero a los más curiosos les interesará saber que Dahl se inspiró en el culo de su perro Chopper para escribir este libro.

Por otro lado, como sabemos que no os quitará el sueño, comunicamos que, si nos aburrimos lo suficiente, pondremos a trabajar al par de burros de la sección de Asturiasnos para traducirlo también al asturiano, bable (léase béibol) o semejante.




LA MARAVILLOSA MEDICINA


DE GEORGE



traducción del primer capítulo del original






George's Marvellous Medicine


de


Roald Dahl

traducido por WILLIE ROE RATAS





ADVERTENCIA A LOS LECTORES: No intentéis hacer la Maravillosa Medicina de George vosotros mismos en casa. Podría ser peligroso



Capítulo I

LA ABUELA


- Voy a comprar al pueblo - le dijo la madre de George a George el sábado por la mañana.

- Así que sé un buen chico y no hagas ninguna travesura.


En cualquier caso, fue algo muy estúpido decirle aquello a un niño pequeño. Inmediatamente le hizo preguntarse qué clase de travesura podría hacer.

-Y no olvides darle a la abuela su medicina a las once en punto - dijo la madre. Entonces salió, cerrando la puerta detrás de ella.

La abuela, que estaba cabeceando en su silla junto a la ventana, abrió uno de sus malvados ojillos y dijo:

- Ya has oído lo que ha dicho tu madre, George. No te olvides de mi medicina.

- No, abuela – dijo George.

- Y a ver si intentas portarte bien por una vez mientras ella está fuera .

- Sí, abuela – dijo George.

George estaba aburrido como una ostra. No tenía hermanos ni hermanas. Su padre era granjero y la granja donde vivían estaba lejísimos de cualquier sitio, así que nunca había ningún niño con quien jugar. Estaba cansado de quedarse mirando fijamente a los cerdos, las gallinas, las vacas y la oveja.



Estaba especialmente cansado de tener que vivir en la misma casa que esa vieja quejica gruñona de la abuela. Ocuparse de ella él solo no era precisamente el modo más excitante de pasar un sábado por la mañana.

- Puedes prepararme una buena taza de té para empezar – le dijo la abuela a George. – Eso te mantendrá alejado de tus travesuras durante unos minutos.






- Sí, abuela – dijo George.

George no podía evitar tenerle antipatía a la abuela. Era una vieja gruñona y egoísta. Tenía los dientes marrones y una boca maliciosa y pequeña, como el culo de un perro.

- ¿Cuánto azúcar quieres hoy en el té, abuela? – le preguntó George.


- Una cucharada – dijo ella.- Y sin leche.

Muchas abuelas son señoras mayores adorables, amables y atentas; pero no ésta. Se pasaba todos y cada uno de los días sentada en su silla junto a la ventana, y siempre estaba quejándose, refunfuñando, maldiciendo, renegando o protestando por esto o por aquello.

Nunca jamás, ni siquiera en sus mejores días, había sonreído a George y le había dicho "Bueno, ¿qué tal estás esta mañana, George?" o "¿Qué tal si jugamos tú y yo a La Escalera?" o "¿Qué tal te ha ido hoy en la escuela?". No parecía preocuparse más que por ella misma. Era una mezquina vieja cascarrabias.

George fue a la cocina y le preparó a la abuela una taza de té con una bolsita. Le puso una cucharada de azúcar y nada de leche. Removió bien el azúcar y llevó la taza al salón.

La abuela sorbió el té.

- No está bastante dulce, – dijo – ponle más azúcar.

George llevó la taza de nuevo a la cocina y añadió otra cucharada de azúcar.

-¿Dónde está el platillo? – dijo ella. – No voy a tomarme una taza de té sin el platillo.

George fue a buscarle un platillo.

- ¿Y qué pasa con la cucharilla del té, si no te importa?

- Ya lo he removido yo por ti, abuela. Lo he removido bien.

- Ya removeré yo mi propio té, muchas gracias – dijo ella. – Tráeme una cucharilla de té.

George le trajo una cucharilla de té.

Cuando la madre o el padre de George estaban en casa, la abuela nunca daba órdenes a George de ese modo. Solamente cuando le tenía para ella sola empezaba a tratarle mal.

- ¿Sabes qué es lo que pasa contigo? – dijo la anciana, mirando fijamente a George por encima del borde de la taza con sus brillantes y malvados ojillos.

- Estás creciendo demasiado rápido. Los niños que crecen demasiado rápido se vuelven estúpidos y vagos.

- Pero yo no puedo evitar crecer rápido, abuela – dijo George.

- ¡Claro que puedes! – exclamó. – Crecer es un repugnante hábito de los niños.

-Pero tenemos que crecer, abuela. Si no lo hiciéramos, nunca seríamos adultos.

-Tonterías, niño, tonterías – dijo ella. – Mírame a mí. ¿Estoy creciendo? Está claro que no.

-Pero una vez lo hiciste, abuela.

-Pero solo muy poquito, – contestó la vieja– dejé de crecer cuando era muy pequeña, al mismo tiempo que dejé todos los demás repugnantes hábitos infantiles como la vagancia, la desobediencia, la glotonería, el despiste, el desorden y la estupidez. Tú no has dejado ninguna de estas cosas, ¿a que no?

-Todavía soy solamente un niño pequeño, abuela.

-Tienes ocho años – bufó ella – Eso es edad suficiente para saber lo que haces. Si no paras de crecer pronto, será demasiado tarde.

-¿Demasiado tarde para qué, abuela?

-Es ridículo, – prosiguió ella – ya eres casi tan alto como yo.

George miró detenidamente a la abuela. Realmente era una persona diminuta. Sus piernas eran tan cortas que necesitaba tener una banqueta sobre la que sostener sus pies, y su cabeza quedaba sólo a medio camino de la espalda del sillón.

-Papá dice que es bueno para un hombre ser alto – dijo George.

-No escuches a tu papá – dijo la abuela – escúchame a mí.

-¿Pero qué puedo hacer yo para dejar de crecer? – le preguntó George.

-Come menos chocolate – dijo la abuela.

-¿El chocolate te hace crecer?

-Te hace crecer en la dirección equivocada – le espetó – Hacia arriba en vez de hacia abajo.

La abuela sorbió un poco de té sin quitar sus ojos del chico, que permanecía de pie delante de ella.

-Nunca crezcas – dijo – siempre hacia abajo.

-Sí, abuela.

-Y deja de comer chocolate. Mejor come repollo.

-¡Repollo! Oh no, no me gusta el repollo – dijo George.






-No es lo que te gusta o lo que no te gusta – bufó la abuela – es lo que es bueno para ti lo que cuenta. A partir de ahora, tendrás que comer repollo tres veces al día. ¡Montañas de repollo! Y si encima tiene gusanos, ¡mucho mejor!


-¡Puaj! – dijo George.

-Los gusanos son buenos para el cerebro – repuso la anciana señora.

-Mamá los lava en el fregadero – replicó George.

-Mamá es tan estúpida como tú – dijo la abuela.

-El repollo no sabe a nada sin unos pocos gusanos hervidos con él. Y con babosas también.


-¡Oh no, babosas no! – gritó George – ¡No puedo comer babosas!

-Siempre que veo una babosa viva en una hoja de lechuga, - dijo la abuela – la engullo rápidamente antes de que se escape. Delicioso. – Estrujó sus labios uno contra otro de tal modo que su boca se convirtió en un pequeño agujero arrugado.

-Delicioso – dijo de nuevo. – Gusanos, babosas y chinches*. No sabes lo que es bueno.

-Abuela, estás de broma.

-Yo nunca bromeo – dijo ella. – Los escarabajos son quizá lo mejor de todo. ¡Crujen!

-¡Abuela! ¡Es espantoso!

La vieja bruja esbozó una sonrisa burlona, enseñando sus dientes marrones.

-Algunas veces, si tienes suerte – dijo – puedes encontrar un escarabajo en un trozo de tallo de apio. ¡Eso sí que me gusta!

-¡Abuela! ¿Cómo puedes ser capaz?

-Puedes encontrar un montón de maravillas en trozos de apio crudo. A veces son tijeretas.

-¡No quiero saberlo! – gritó George.



-Una tijereta bien grande y gorda es algo muy sabroso – dijo la abuela, relamiéndose. – Pero tienes que ser muy rápido, querido, cuando te metes una de ésas en la boca. Tiene un par de afiladas pinzas al final de la cola y, si te echa mano con ellas, no te suelta nunca. Así que tienes que morder primero a la tijereta, chop chop, antes de que ella te muerda a ti.

George empezó a retroceder cuidadosamente hacia la puerta. Quería largarse lo más lejos posible de aquella asquerosa vieja.

-Estás intentando escaparte de mí, ¿verdad? – dijo ella, señalando con el dedo la cara de George. – Estás intentando escaparte de la abuela.

El pequeño George permaneció junto a la puerta mirando fijamente a la vieja bruja en su silla. Ella le devolvió la mirada.

¿Puede ser – se preguntó George – que sea realmente una bruja? Siempre había pensado que las brujas solamente existían en los cuentos de hadas, pero ahora no estaba muy seguro.

- Acércate, pequeño – dijo ella, haciéndole señas con un dedo rugoso. – Acércate y te contaré secretos.

George no se movió.

La abuela tampoco se movió.

- Conozco un montón de secretos maravillosos – dijo, y de repente sonrió. Era una fina sonrisa helada, de ésas que una serpiente podría dedicarte justo antes de darte un mordisco.

George dio un paso atrás, dirigiéndose con cuidado hacia la puerta.

-No debes asustarte de tu vieja abuela – dijo, con su sonrisa glacial.

George dio otro paso atrás.


- Algunos de nosotros – continuó ella, al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante en su silla y susurraba con una voz ronca que George jamás le había oído antes.


– Algunos de nosotros, - dijo – tenemos poderes mágicos que pueden convertir a las criaturas de esta tierra en figuras maravillosas...


Un hormigueo de electricidad recorrió de arriba a abajo la columna vertebral de George. Empezaba a sentirse asustado.

- Algunos de nosotros – continuó la anciana – tenemos fuego en nuestras lenguas y chispas en nuestras barrigas y magia en las puntas de nuestros dedos... Algunos de nosotros conocemos secretos que podrían hacer que las puntas tus cabellos se erizasen y que los ojos te saltasen de las cuencas...

George sintió deseos de echar a correr, pero sus pies parecían estar pegados al suelo.

- Sabemos cómo hacer que se te caigan las uñas y te crezcan dientes en su lugar.

George empezó a temblar. Lo que más le asustaba de todo era su cara, la sonrisa congelada, los impasibles ojos brillantes.

-Sabemos cómo hacer que te despiertes por la mañana con una larga cola saliendo por detrás de ti.

-¡Abuela!- gritó él - ¡Para!

-Nosotros sabemos secretos, querido, acerca de lugares oscuros donde viven cosas siniestras deslizándose y retorciéndose unas contra otras...

George se abalanzó sobre la puerta.

-Da igual lo lejos que corras – le escuchó decir – nunca podrás escapar...

George corrió hacia la cocina, dando un portazo detrás de él.




*lo de 'chinches', la verdad, me lo he inventado, porque no tengo ni idea de lo que son 'beetley bugs' exactamente. Con Dios.

CUENTOS EN VERSO PARA NIÑOS PERVERSOS: lo que nunca te contaron de... LOS TRES CERDITOS

¡Qué poco sabemos sobre nosotros mismos y qué poco sabemos también sobre los humanos! Por eso intentamos que nuestra labor sea reveladora. A ti, pequeño bicho investigador de dos o cuatro patas, te dedicamos la verdad que hemos descubierto sobre...

LOS TRES CERDITOS



El animal mejor que yo recuerdo
es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.

El cerdo es bestia lista, es bestia amable,

es bestia noble, hermosa y agradable.

Mas, como en toda regla hay excepción,

también hay algún cerdo tontorrón.


Dígame usted si no: ¿qué pensaría

si, paseando por el Bosque un día,

topara con un cerdo que trabaja

haciéndose una gran cas
a... de paja?
El Lobo, que esto vio, pensó: "Ese idiota

debe estar fatal de la pelota...


"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".

"¡Ay no, que eres el Lobo
, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento

y aplastaré tu casa en un momento!".

Y por más que rezó la criatura

el lobo destruyó su arquitectura.

"¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.

¡Veo la vida de color jamón!".

Porque de aquel cerdito, al
fin y al cabo,
ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.


El Lobo siguió dando su paseo,

pero un rato después gritó: "¿Qué veo?

¡Otro lechón adicto al bricolaje

haciéndose una casa... de ramaje!


"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".

"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".

"¡Pues soplaré con más
fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".


Farfulló el Lobo: "¡Ya verás, lechón!",

y se lanzó a soplar como un tifón.

El cerdo gritó: "¡No hace tanto rato

que te has desayunado! Hagamos un trato...".

El Lobo dijo: "¡Harás lo
que yo diga!".
Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.

"No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,

pero aún no estoy del todo satisfecho

-se dijo el Lobo-. No me importaría

comerme otro cochino a mediodía".


De modo que, con paso subrepticio,

la fiera se acercó hasta otro edificio

en cuyo comedor o
tro marrano
trataba de ocultarse del villano.


La diferencia estaba en que el tercero,

de los tres era el menos majadero

y que, por si las moscas, el muy pillo

se había hecho la casa... ¡de ladrillo!


"¡Conmigo no podrás!", exclamó el cerdo.

"¡Tú debes de pensar
que yo soy lerdo!
-le dijo el Lobo-. ¡No habrá quien impida

que tumbe de un soplido tu guarida!".


"Nunca podrá soplar lo suficiente

para arruinar mansión tan resistente",

le contestó el cochino con razón,

pues resistió la casa
el ventarrón.

"Si no la puedo hacer volar soplando,

la volaré con pólvora... y andando",

dijo la bestia, y el lechón sagaz

que aquello oyó, chilló: "¡Serás capaz!"

y, lleno de zozobra y de congoja,

un número marcó: "¿Familia Roja?".


"¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.

¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo
aquí, tan bella
como acostumbro, ¿y tú?". "Caperu, escucha.

Ven aquí en cuanto salgas de la ducha".

"¿Qué pasa?", preguntó Caperucita.

"Que el Lobo quiere darme dinamita,

y como tú de Lobos sabes mucho,

quizá puedas dejarle sin cartuchos".

"¡Querido marranín, porqu
ete guapo!
Estaba proyectando irme de trapos,

así que, aunque me da cierta pereza,

iré en cuanto me seque la cabeza".


Poco después Caperu atravesaba

el Bosque de este cuento. El Lobo estaba

en medio del camino, con los dientes

brillando cual puñales relucientes,

los ojos como brasas en
cendidas,
todo él lleno de impulsos homicidas.


Pero Caperucita, -ah
ora de pie-
volvió a sacarse el arma del corsé

y alcanzó al Lobo en punto tan vital

que la lesión le resultó fatal.


El cerdo, que observaba ojo avizor,

gritó: "¡Caperucita es la mejor!".

¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue

fiarte de la chica del corsé.


Porque Caperu luce últ
imamente
no sólo dos pellizas imponentes

de Lobo, sino un maletín de mano
hecho con la mejor... ¡piel de marrano!



'cuentos en verso para niños perversos'

ROALD DAHL
, Versión en castellano de Miguel Azaola

UNA LECCIÓN DE COCINA

¡ATENCIÓN! HOY EN EXCLUSIVA: LO QUE NO TE CONTARON EN EL REY LEÓN

Coquillo y nuestro experto cocinero Willy Roe Ratas nos presentan, de la mano de Roald Dahl, una deliciosa receta para poner en práctica tus dotes culinarias (que, a no ser que seas muy torpe, no tienen nada que ver con el culo). Sobre todo, no lo intentéis en casa, o tu madre se pondrá furiosa si tiene que limpiar los restos. Si prefieres la cecina de tigre a la cecina de León... ¡ésta es tu receta!


Quiere el león la carne muy jugosa
muy fresca, roja, tierna, bien sabrosa...
si vas y le preguntas que prefiere,
te dirá sin rodeos lo que quiere.

Te dirá que no quiere solomillos,

ni tampoco cebados cabritillos,
que no le gusta el cerdo encebollado
ni le dice gran cosa un buey asado.

Le ofrecerás entonces tres chuletas

con salsa de pimienta y cebolletas,
y te dirá que no, que no las quiere:
que eso es muy fuerte y que él no lo digiere.

Entonces te pondrás algo nervioso

y le preguntarás con tono ansioso:
- Bueno, pues di, León, ¿qué puedo darte?

Abrirá una bocaza de espantarte,

se acercará a mirarte fijamente
y te dirá sin más, muy claramente:
- Pues mira, lo que quiero en mi menú
es algo tan sabroso como... ¡TÚ!


Roald Dahl, ¡Qué asco de bichos!



El Cleptómono Goldwin Meyers presents

¡Dame pa comée!

*

Come, hijo, come, ¡que es casero!

Y estás en edad de crecer, hombre ya.

CUANDO NADIE LOS ESCUCHA LE DICE EL TRUCHO A LA TRUCHA...

¡Hola, amigos de El Cleptómono! El otro día estaba yo soltándole la meada a Agapito Caleya en la cresta de repuesto mientras les daba clase a los monos, cuando un mandril se chivó y Agapito salió corriendo detrás de mí.

Como vi que se ponía muy gallo pensé que lo mejor sería esconderme para pensar a gusto en mi próxima travesura.

Corrí como nunca y di muchas vueltas para despistarlo hasta que no pudo más y luego me oculté detrás de un matorral, desde donde pude escuchar a un par de vacas que decían...

Paca, la vaca flaca, y la vaca gorda


VACA GORDA

Vente hacia aquí, Paca flaca,

que en este prado frondoso
hay pasto alto y jugoso.

VACA FLACA
¿Y para qué?

VACA GORDA
Para ponerte gorda, lustrosa y hermosa
y llegar a ser «el ojito derecho» del amo.

VACA FLACA
El amo es tuerto del ojito derecho.

VACA GORDA
¡Qué «rollazo» eres, hermana Paquera.
Antipática como tú sola, del rabo a la
cuerna...
Ven hacia el arroyo, hay umbría.

VACA FLACA
¿Y que es umbría?
(Preguntó la vaca «desaboría»)
(Desaborida quiere decir:
Indiferente, sosa, aburrida).



VACA GORDA
Umbría es sol y sombra matizada.

VACA FLACA
¡Qué tía cursi! ¡Qué pesada!

VACA GORDA
Tienes el lomo y los ojos llenos de moscas.

VACA FLACA
¿Y qué? Para lo que hay que ver...

VACA GORDA
¿Es que no tienes ánimos ni para espan
tar las moscas con el rabo?

VACA FLACA
¿Para qué?

VACA GORDA
Hermana vaca, se te están poniendo los
ojos de vaca, pero de vaca tristona... Eres
la vaca más triste del prado.

VACA FLACA
¿Y qué?

VACA GORDA
¡Mira, amapolas! ¡Come amapolas! A mí
me gustan las amapolas, son muy bue
nas para la leche.

VACA FLACA
¿Y qué?

VACA GORDA
¡Ay, vaca, no hay quien te aguante,
eres más triste que un guante.
Voy a «chivarme» a la dueña.
¿Cuanto hace que no te ordeña?

VACA FLACA
No me acuerdo.

VACA GORDA
Entonces ya sé lo que te pasa:
como te da por no comer y echarte al sol
como una sueca.

VACA FLACA
Y a ti como a una vaca suiza, te da por
por comer y engordar.

VACA GORDA
Buenos quesos doy al mes, y tú ¿qué das?

VACA FLACA
¿Yo qué doy? ¡Qué más da!


(La VACA GORDA se volvió a encontrar con
la VACA FLACA al atardecer, estaba echada
como siempre).


VACA GORDA
¿Rumias, vaca Paca?

VACA FLACA
No, no rumio. Estoy pensando. Siempre
estoy pensando, las vacas como yo siem
pre estamos pensando.

VACA GORDA
Pero ¡por todos los cuernos!
¿En qué piensas?
¿En qué piensas?

VACA FLACA
¡¡EN QUE, AL FINAL, SERÉ UN MILLÓN
DOSCIENTAS MIL HAMBURGUESAS!!

Gloria Fuertes

Una huella impresa por Coquillo

CURIOSIDAD INFANTIL

Y en honor a la curiosidad infantil, porque nunca se apague y porque menudos lectores tenemos, inauguramos EL CLEPTOmini, por todo lo monicacos y monigotes que fuimos y porque todavía lo somos.

Os presentamos a nuestro colega Coquillo, que se encargará de contarnos las mejores pequeñeces de vez en cuando.


COQUILLO


Coquillo nos recomienda comer muchas
sardinas ¡GUAU!, que son muy buenas pa'l puerpo, y nos sugiere el siguiente minicuento para inaugurar nuestra pequeña sección.


CURIOSIDAD INFANTIL

El señor Cristóbal, antiguo servidor de una casa de andaluces, tenía muy cerca de ochenta años, las piernas flojas y la cabeza fuerte.

Aunque no estaba ya para muchos trajines, ni aun para pocos, los señores, agradecidos a los favores que toda la vida les prestó, le conservaban a su lado de muy buena gana. Añádese a esto que Cristóbal era pintiparado para entretener a la gente menuda, y que en la casa había dos niños, Perico y María: nardo y rosa, como dijo el poeta.

Una tarde, entre el niño y la niña agotaron, si no la paciencia, que era inagotable, sí la sabiduría del pobre viejo, que no lo era tanto.

- Cristóbal, ¿cuántas estrellas hay?

- Según..., unas noches hay más y... otras noches hay menos...

- ¿Y por qué?

- ¡Toma! Porque... las noches de luna... las estrellas no salen
toas.

- La luna, ¿no es una estrella, tú?

- No; la luna... es la luna.

- Y las estrellas, ¿dónde están sujetas?

- En el aire,
mía este.

- ¿Y no se pueden caer?

- No tengas
cuidao. Mira qué viejo soy yo y no he visto caerse ninguna.

- Y el sol, ¿dónde está?

El señor Cristóbal, temeroso de meterse en un callejón sin salida, dio un silbido por respuesta.

- ¿No lo sabes?

- ¡No lo había
e sabé! (Claro está que no lo sabía.)

- ¡Oye, Cristóbal! - interrumpió la niña, a quien preocupaban en extremo las cosas santas, - ¿quién es más, el Papa o el Rey?

-
Er Papa.

- Pues Perico dice que el Rey.

- Y es más el Rey - saltaba Perico con aplomo que hacía dudar al oráculo.

- Sí, porque tú quieras - replicaba éste como esquivando entrar en discusiones.

- Oye, Cristóbal, y los curas, ¿qué son?

- Curas.

- Oye, Cristóbal, el tren, ¿cómo anda?

- ¡
Er tren! ¿Tú no has visto er carbón que lleva entro?

- Sí.

- ¿Y
er maquinista?

- También.

- ¡
Pos ahí lo tienes...! No hay más que fijarse en las cosas.

- Oye, Cristóbal, ¿los fósforos son veneno?

- Oye, Cristóbal, ¿los moros son malos?

- Oye, Cristóbal, ¿quién es más grande: Sevilla o España?

- Oye, Cristóbal, ¿por qué llueve?

- Oye, Cristóbal, ¿quién ha sembrado los árboles?

- Oye, Cristóbal, ¿quién puede más: un toro o un caballo?

- Oye, Cristóbal...

- Oye, Cristóbal...

Cristóbal tuvo que acabar por taparse los oídos. Cuando era más fuerte el tiroteo, acertó a pasar por allí la señora de casa, y preguntó, acariciándoles:

- ¿Son malos, Cristóbal?, porque si son malos, desde mañana van a la escuela. ¡No hay vacaciones!

Y el señor Cristóbal, suspirando y riendo a la vez, se atrevió a contestar:

-
Zeñorita Carmen, er que va a tener que ir a la escuela desde mañana soy yo.


Joaquín y Serafín Álvarez Quintero